La gran esquizofrenia lógica: Defender el derecho a estudiar, prohibiendo entrar al aula
Vivimos en un país hermoso, pero que muchas veces parece un experimento social diseñado para volvernos locos. La última genialidad de nuestra política sindical tiene como escenario a nuestras universidades, y la lógica detrás de la medida es tan absurda que, si te la cuentan en otro lugar del mundo, piensan que es un chiste.
A ver si nos entendemos: resulta que para defender la educación pública de un ajuste brutal, la gran estrategia es... cerrar las facultades. Sí, clausurar el derecho a estudiar para defender el derecho a estudiar. Bienvenidos al manicomio a cielo abierto.
El dato mata relato: El ajuste es real
Empecemos por poner las cartas sobre la mesa, porque acá nadie se come el verso ni defiende lo indefendible. Hace unos días, el nuevo rector de la UNER, Juan Manuel Arbelo, blanqueó un número que asusta: las transferencias de recursos al sistema universitario cayeron un 45,6%. Es una bestialidad. La universidad pública es, históricamente, el motor de ascenso social en Argentina. Es el lugar donde el pibe que viene de abajo se rompe el lomo para tener un futuro distinto. En esto estamos todos en el mismo bondi: a la universidad pública se la defiende, se la cuida y no se la toca. Punto final.
Pero el problema no es el reclamo. El problema es quiénes se suben al escenario, cómo lo hacen, y a quiénes terminan pisoteando en el camino.
La indignación "a la carta" y los Ositos Cariñositos
Lo que más ruido hace de todo este circo mediático no es el paro en sí, sino la hipocresía que destila. De repente, asistimos a un milagro en la tierra: los mismos dirigentes y partidos políticos que de lunes a viernes viven cagándose a patadas en el Congreso, ahora son los Ositos Cariñositos. Marchan todos juntos, agarraditos de la mano, con una vocación de defensa de la patria que emociona hasta las lágrimas.
¿Pero dónde estaba toda esta épica hace un par de años? Cuando los gobiernos anteriores metían la tijera silenciosamente, cuando la inflación descontrolada licuaba los presupuestos y el sueldo docente terminaba valiendo lo mismo que el papel higiénico... ahí había paz social.
Ahí reinaba un silencio de monasterio tibetano. Nadie cortaba la calle, nadie cerraba ni la fotocopiadora del centro de estudiantes. Pero claro, la indignación en este país es a la carta; se sirve solamente cuando el que recorta es el presidente que no nos gusta. Si el ajuste lo hacen "los nuestros", miramos para otro lado.
El plan maestro: La metáfora del comedor
Ante este escenario de desfinanciamiento, la CONADU y los gremios se sentaron a diagramar el plan de lucha. Y la conclusión a la que llegaron fue brillante: anunciar una semana entera de paro en las universidades públicas de todo el país. Pensemos en esta lógica un segundo. Es exactamente lo mismo que decir: "Che, el gobierno nos desfinanció el comedor comunitario... ¡Rápido, pónganle un candado a la puerta y que no coma nadie en toda la semana, así el presidente aprende la lección!".
Es una maravilla intelectual. En nombre de una lucha que en los papeles es justa y necesaria, terminan tomando la medida más contradictoria y dañina posible para el propio sistema que dicen proteger.
Los verdaderos rehenes: Los gurises
Y acá llegamos al fondo de la cuestión. En el medio de las marchas, los discursos rimbombantes, las banderas políticas y la tribuna sindical, hay personas de carne y hueso pagando los platos rotos.
Los gurises.
El pibe que se vino del interior de Entre Ríos a estudiar a Paraná, al que los viejos le pagan el alquiler con un esfuerzo inhumano. La piba que labura ocho horas y cursa a la noche para tratar de recibirse. Esos son los verdaderos rehenes de esta historia.
A ellos, los que realmente le dan sentido a la existencia de la universidad pública, los usan de escudo humano. Los obligan a quedarse mirando el techo de sus casas por siete días, perdiendo clases, atrasando cuatrimestres y complicando sus exámenes, todo para engordar un show político que les es totalmente ajeno.
Defender la educación pública es exigir el presupuesto que corresponde, sí. Pero también es garantizar que el alumno esté en el aula, formándose, debatiendo y estudiando. Todo lo demás, es usar la excusa de la universidad para jugar a la política barata.
Si alguien logra encontrarle el sentido común a esta esquizofrenia, que me avise. Mientras tanto, los pibes siguen esperando que los defiendan de verdad.
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