Crónica de un sistema roto: Radiografía de la Generación de Cristal y el ocaso docente
En esta nueva entrada de Catarsis Paranaense, toca frenar la pelota, respirar hondo y mirar el panorama completo. Porque si algo nos han demostrado las noticias de esta semana, es que el sistema educativo argentino no está en crisis por falta de presupuesto —o al menos, no solo por eso— sino por una profunda, alarmante y ridícula falta de sentido común.
Hemos convertido las escuelas en guarderías de cristal y a los docentes, en los villanos de una película mal guionada.
El detonante: Un pupitre en Rosario y la excusa del frío
Despertarse y leer los portales de noticias se ha vuelto un deporte de riesgo para la salud mental. Esta semana, el país entero se paralizó porque en Rosario, una vicedirectora —presumiblemente al borde de un colapso nervioso— pateó el pupitre de un alumno. Rápidamente, las redes se llenaron de antorchas virtuales exigiendo la cabeza de la docente, invocando a la ONU y a los tribunales de La Haya.
Pero el verdadero deleite sociológico vino de la mano de la madre del adolescente. Frente a los micrófonos, esgrimió la defensa definitiva: "Mi nene estaba encapuchado en clase porque tiene frío. Él es un chico de su casa".
Frenemos un segundo. ¿Desde cuándo la respuesta a las bajas temperaturas es desafiar la autoridad dentro del aula en lugar de, no sé, ponerse un pulóver? El estudiante ignora las normas, desafía a la autoridad de la escuela, y la reacción instintiva de los padres es salir a denunciar represión institucional. Es la glorificación de la impunidad en frasco chico.
El eco local: El motín en el Cristo Redentor
Por supuesto, la estupidez es un virus de rápida transmisión, y acá en Paraná no íbamos a ser la excepción. No pasaron ni un par de días para que el Colegio Cristo Redentor se volviera el nuevo escenario de este circo moderno.
Un grupo de padres organizó un motín mediático porque una maestra del turno tarde "trató mal" a los alumnos. Según las denuncias anónimas —porque claro, el coraje llega hasta el teclado—, los nenes salieron de la escuela llorando y "tienen miedito de volver".
Es fascinante cómo hemos evolucionado. Pasamos de generaciones que caminaban kilómetros bajo la lluvia para aprender a sumar, a una cofradía de preadolescentes que sufren un trauma psicológico irreversible porque un adulto, harto de que no lo escuchen, levantó la voz. ¿Qué es lo próximo que va a exigir el chat de mamis? ¿Que la maestra les cante el arrorró y les prepare una chocolatada antes del recreo?
La jaula de los leones (a sueldo mínimo)
Seamos brutalmente honestos y dejemos la hipocresía en la puerta. Hoy en día, ser docente en Argentina es un acto de masoquismo vocacional. Tenemos a profesionales cobrando sueldos de miseria, cifras que no alcanzan ni para cubrir el blíster de Rivotril que necesitan para sobrevivir a la semana.
A estos laburantes los tiran adentro de un aula con treinta chicos que, en muchos casos, han sido criados por un iPad y el algoritmo de TikTok. Chicos a los que en sus casas jamás les dijeron un "no" por miedo a frustrarlos. Llegan a la escuela creyéndose los dueños del pabellón, le faltan el respeto al profesor, lo torean y lo empujan sistemáticamente al borde del ACV.
Pero el docente tiene que aguantar. Tragar veneno. Sonreír. Contener. Y si un día, después de mil faltas de respeto, al pobre infeliz se le sale la cadena y patea un cacho de madera, la sociedad lo convierte instantáneamente en Robledo Puch.
El manual del padre moderno
El problema de fondo no es el pupitre pateado ni la maestra que gritó en Paraná. El problema es qué estamos criando en nuestras casas.
Los chicos, que adentro del aula pueden ser el Demonio de Tasmania cruzado con Chucky, tienen la astucia suficiente para sacar el último iPhone que les compraron sus padres, grabar la reacción del docente (convenientemente omitiendo la hora de provocaciones previas) y subirlo a las redes para hacerse las víctimas.
Y los padres, en lugar de sentar al adolescente y explicarle cómo funciona el respeto a la autoridad, salen corriendo a los medios a destruir la carrera de un trabajador.
Apaguen la luz
Estamos fabricando a medida una generación intocable. Jóvenes de cristal que se quiebran al primer límite, pero que son increíblemente vivos y eficaces a la hora de arruinarle la vida al que está al frente del pizarrón.
Antes de organizar la próxima asamblea, cortar calles y escrachar colegios, quizás sea hora de mirarnos al espejo. Si el chico vuelve a casa llorando porque un maestro lo retó, a lo mejor el docente no es un monstruo. A lo mejor, y solo a lo mejor, el chico necesitaba que alguien le pusiera el límite que en su casa brilla por su ausencia.
Si vamos a seguir por este camino, sincerémonos: cierren las escuelas, dejen que la educación quede a cargo de YouTube, bajen la persiana y apaguen la luz. Total, de defender lo indefendible ya nos recibimos todos.
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