Crónica de una miseria anunciada: Cuando el botín es la leche de tu propio barrio

 Dicen que en Argentina, y particularmente en nuestra querida Paraná, el surrealismo dejó de ser un movimiento artístico para convertirse en un género costumbrista. Uno se levanta, prepara el mate, abre los portales de noticias locales y juega a la ruleta rusa de la indignación diaria. Pero a veces, la realidad te pega un cachetazo con la mano abierta que te deja recalculando la fe en la humanidad.

Hoy le tocó al Centro de Salud Antártida Argentina, allá en La Floresta.

Si yo te digo que un grupo de individuos rompió una ventana, vulneró el sistema de alarmas y se tomó el trabajo de levantar las cámaras de seguridad para no ser grabados, vos te imaginás un plan maestro. Una de dos: o estaban buscando la fórmula de la Coca-Cola, o se llevaron un equipo de rayos X de última generación para venderlo en el mercado negro internacional.

Pero no. El gran "Robo del Siglo" paranaense consistió en llevarse doce cajas de leche en polvo.

Es en este exacto momento donde la calentura inicial muta en una tristeza profunda, oscura y pegajosa. Porque el que entra a robar a la salita de su propio barrio no le está haciendo un boquete a la bóveda de un banco suizo. No está atacando al "gran capital opresor". Le está robando la leche al hijo de su vecino. Le está sacando el único refuerzo alimentario a esa madre que camina diez cuadras con frío para que a su crío no le suenen las tripas.

Y si creías que rascar el fondo de la olla era suficiente, los genios del mal se llevaron también una estufita eléctrica —porque ser delincuente no te exime de ser friolento— y el trofeo máximo de la bajeza humana: el celular con el que daban los turnos.

Detengámonos un segundo en esto último. Robar la leche es miserable, pero robar el celular de los turnos es un acto de crueldad estructural. Es cortarle el puente a Doña Rosa, que ahora, si su nieto vuela de fiebre, no tiene a dónde mandar un mensaje. Es obligar a la gente, que ya de por sí está golpeada por la realidad económica, a ir a hacer fila a las cinco de la mañana a ver si de lástima los atiende el pediatra. Tienen la empatía más seca que la propia leche deshidratada que se afanaron. Te juro que hasta mis gatos, Salem y Cheddar, cuando me tiran un vaso de agua al piso, me miran con más culpa y códigos que esta gente.

La directora del centro lo dijo con una angustia que traspasaba la pantalla: "Todo esto no es nuestro, es de la comunidad". Y esa es la tragedia. El Estado, con sus recursos siempre "limitados" (porque para pagar adicionales de policía de noche parece que no hay plata, total los centros de salud se cuidan solos), deja a la buena de Dios a las instituciones que sostienen con alfileres la salud pública.

El año pasado les entraron para robarles la pava eléctrica. Hoy es la leche y el celular. Mañana, si no nos ponemos firmes, se van a llevar las baldosas y las sillas de plástico.

Nos estamos devorando entre nosotros. Y lo peor de esta indigencia moral es que la leche en polvo, tarde o temprano, se disuelve en agua. Pero la bajeza de robarle al que menos tiene es una mancha que no se la sacan con nada.



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